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TINTA FINA

Charcutería nacional
Enrique Pérez

Hace ahora cuatro años y un mes, escribí un artículo sobre nuestra charcutería nacional y tras leerlo una vez más, veo que sigue estando de actualidad; y es que, cuando parece que está a punto de llegarle a cada cerdo su sanmartín, ocurre que se posterga en el tiempo y puede ocurrir que la penitencia no valla más allá de lo que supone escuchar los improperios de la plebe durante los minutos que dura el paseíllo hasta la puerta del juzgado aparte de la, llamada, pena del telediario.

Bueno, quizá sea una exageración porque hay quienes acaban pisando la cárcel, eso sí, a la carta y con guardia pretoriana para hacer la estancia más liviana.

Recupero el artículo de permanente actualidad; es decir, que (desafortunadamente) nunca ha dejado de estarlo desde que lo escribí.

CHARCUTERIA NACIONAL, S.A.

Hace tiempo que los productos de España más reconocidos internacionalmente como el Jamón ibérico, el Aceite de oliva, o el vino entre otros de una extensa lista, han dejado de ser una seña de identidad de nuestro país; ahora el producto que más dimensión tiene y nos identifica es el chorizo de nuestra charcutería nacional.

En los últimos tiempos España se ha convertido en una de las mayores productoras de chorizos del mundo civilizado, tanto es así, que los tenemos para consumo interno en desayuno, almuerzo y cena 365 días al año por ser un género poco, o nada, exportable; es decir, que -hay que comer chorizo en todas sus versiones- porque nos invade una pandemia y no parece fácil terminar con ella.

En cualquier rincón de la piel de toro hay un chorizo que se exhibe y se jacta de ello, y lo que es más grave, tiene una parroquia de correligionarios y fans que le hacen la ola siendo (como son) sus primeros damnificados; es decir, los sujetos públicos en cuestión (edil, diputado, consejero autonómico, senador, ministro, altos cargos de todas las administraciones, cargos de confianza, presidentes de todas las administraciones, casa Real, etc.) hacen de su capa,-no un sayo- sino un saco para llenarlo de dinero público y a ojos vista.

Todo esto, lo observamos los ciudadanos con estupefacción y, escandalizados, lo reprobamos pero no hacemos nada más; no nos revelamos democrática y debidamente contra tantos desmanes y corruptos de forma efectiva en una gran manifestación nacional que tenga el suficiente eco para que la justicia actúe, fulminantemente, contra estos chorizos; y que, la presión social provoque una regeneración urgente de las instituciones desalojando cualquier residuo de chorizo pegado a un cargo público descontaminando y erradicando, así, la epidemia.

 

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